Esta noche ha sido a ratos incómoda y sobre todo muy extraña e inquietante. Cuando ayer llegué a casa ya pensaba que hoy estaría un tanto resfriado y parece que no me he equivocado demasiado.
Me he pasado toda la noche soñando con una especie de reunión de quisquillosos dragones de todos los colores con problemas de personalidad. Y cómo no, yo era el encargado de solucionar sus problemas, o al menos hacer que se sintieran mejor (así, en mi forma normal mientras ellos eran tan grandes como cabe esperar de un dragón). El sueño no ha llegado a ser ninguna pesadilla porque en ningún momento he sentido miedo, sólo un profundo y enorme hastío de tener que ayudar a tan peculiares pacientes. No me acuerdo de los detalles sobre sus problemas, pero eran la mayoría tonterías bastante fastidiosas con las que uno debía bregar. Claro está que había veces en las cuales uno se equivocaba e irritaba a un dragón que se pasaba un buen rato sin hacer otra cosa que quejarse. Contando que sus quejas se prolongaban durante un buen rato y había varios quejándose en algún momento en concreto, os podéis hacer a la idea de lo molesto que resultaba. Además, estaba yo sólo ante el peligro.
Cuando desperté esta mañana, mi cabeza parecía un tambor, mi garaganta era algo así como un trozo de madera áspero y seco, y estaba ligeramente sudado. Lo primero que pensé fue: "¡Putos dragones de psiquiátrico!" Me fui al labavo, me puse el termómetro y con una sonrisa de pura resignación, me enteré de que tenía 38 ºC de temperatura corporal. Me duché, me tomé una aspirina, comí y me largué al trabajo. Y aquí estoy, escribiendo esto y pensado que después he quedado con un compañero de prácticas para acabar un trabajo de una vez por todas (si no avisé es porque no me acordé antes y el bus se me escapaba).
Lo único que me falta hoy es que alguien decida gastarme una broma (el 28 de diciembre, ya se sabe...). Putos dragones.
Menos mal que me he llevado aspirinas.
Me he pasado toda la noche soñando con una especie de reunión de quisquillosos dragones de todos los colores con problemas de personalidad. Y cómo no, yo era el encargado de solucionar sus problemas, o al menos hacer que se sintieran mejor (así, en mi forma normal mientras ellos eran tan grandes como cabe esperar de un dragón). El sueño no ha llegado a ser ninguna pesadilla porque en ningún momento he sentido miedo, sólo un profundo y enorme hastío de tener que ayudar a tan peculiares pacientes. No me acuerdo de los detalles sobre sus problemas, pero eran la mayoría tonterías bastante fastidiosas con las que uno debía bregar. Claro está que había veces en las cuales uno se equivocaba e irritaba a un dragón que se pasaba un buen rato sin hacer otra cosa que quejarse. Contando que sus quejas se prolongaban durante un buen rato y había varios quejándose en algún momento en concreto, os podéis hacer a la idea de lo molesto que resultaba. Además, estaba yo sólo ante el peligro.
Cuando desperté esta mañana, mi cabeza parecía un tambor, mi garaganta era algo así como un trozo de madera áspero y seco, y estaba ligeramente sudado. Lo primero que pensé fue: "¡Putos dragones de psiquiátrico!" Me fui al labavo, me puse el termómetro y con una sonrisa de pura resignación, me enteré de que tenía 38 ºC de temperatura corporal. Me duché, me tomé una aspirina, comí y me largué al trabajo. Y aquí estoy, escribiendo esto y pensado que después he quedado con un compañero de prácticas para acabar un trabajo de una vez por todas (si no avisé es porque no me acordé antes y el bus se me escapaba).
Lo único que me falta hoy es que alguien decida gastarme una broma (el 28 de diciembre, ya se sabe...). Putos dragones.
Menos mal que me he llevado aspirinas.



